“We believe this is fair”: cómo enfadar por igual a clientes corporativos y residentes creativos
A finales de 2008, Zonja relató en su blog uno de los episodios más tensos de la historia de Second Life: la llamada crisis de los Openspace. Todo comenzó con un anuncio de Linden Lab que, bajo el lema “We believe this is fair”, introducía cambios de precio y uso que afectaban tanto a empresas como a creadores independientes. Para muchos, aquello fue un golpe inesperado. Para Zonja, fue el detonante que la llevó a explorar alternativas como Openlife y, más tarde, OpenSim.
En aquel momento, Zonja trabajaba para una empresa —a la que en su blog llamaba simplemente “C”— que mantenía dos regiones completas en Second Life: una dedicada a formación interna y otra ocupada por oficinas de representación para sus ejecutivos. Paralelamente, ella gestionaba dos islas propias, Condensation Land y Condensation Beach, que alquilaba a amigos de SL y RL, asumiendo pequeñas pérdidas económicas que compensaba con la satisfacción de mantener vivo el proyecto.
Cuando Linden Lab anunció que los Openspace costarían un cuarto que una región completa, la idea parecía razonable: más flexibilidad, más espacio, menos congestión. Zonja se reunió con los directivos de “C” y propuso una reestructuración: convertir una de las islas corporativas en cuatro Openspace, tres para la empresa y uno para integrarlo en el archipiélago de Condensation.
El proceso, sin embargo, fue un ejemplo perfecto de cómo las decisiones de Linden Lab podían generar frustración. La conversión borraba todo el contenido de la isla, requería pagos adicionales, implicaba meses de espera y obligaba a seguir pagando por regiones inutilizables durante el trámite. Entre horas de trabajo, costes de conversión y cuotas mensuales, la empresa terminó invirtiendo miles de dólares para obtener exactamente el mismo espacio… pero dividido en cuatro.
Zonja, por su parte, asumió también un coste enorme. Compró uno de los nuevos Openspace, pagó la conversión de Condensation Beach, encargó otro Openspace temporal para que su amiga y clienta Ludmilla Writer no se quedara sin hogar durante la transición, y dedicó más de cien horas a terraformar el nuevo archipiélago. Aun así, el resultado valió la pena: las nuevas islas eran amplias, luminosas y coherentes, y Ludmilla estaba feliz con su nuevo espacio.
En total, Zonja calculaba que había invertido más de 13.000 dólares entre conversiones, alquileres, horas de trabajo y compras adicionales. A cambio, recuperó solo una pequeña parte vendiendo dos de los Openspace sobrantes. Pero, como ella misma decía, en aquel momento todos estaban contentos: las islas eran hermosas, el proyecto crecía y la comunidad alrededor de Condensation florecía.
La apertura de la isla de Ludmilla y el inicio de las protestas
Cuando llegó el momento de inaugurar la isla de Ludmilla, Zonja decidió celebrar la fiesta en Condensation Land, que era un sim completo. Los Openspace recién creados eran demasiado frágiles para soportar un evento con muchos avatares, y ella siempre tenía en cuenta la estabilidad técnica de sus regiones. Aquella celebración fue luminosa, alegre y muy simbólica: representaba el crecimiento del archipiélago y el esfuerzo colectivo que había detrás.
Vídeo original de la fiesta de inauguración del sim de Ludmilla, grabado el 29 de septiembre de 2008 en Condensation Land.
Pero apenas un mes después, Linden Lab anunció los nuevos precios para los Openspace y la comunidad estalló. Las protestas se multiplicaron por todo el grid. Para Zonja, aquello tuvo consecuencias inmediatas: la empresa “C”, para la que gestionaba varias islas, sintió que había sido engañada. Habían invertido miles de dólares en conversiones, esperas interminables y trabajo técnico, y de repente todo ese esfuerzo parecía inútil.
Tabla oficial publicada por Linden Lab en octubre/noviembre de 2008, donde se anunciaban los nuevos precios y limitaciones de los Openspace. Este cambio desencadenó la crisis y las protestas que afectaron directamente a Condensation.
Los directivos de “C” le pidieron reducir su presencia en Second Life de cuatro regiones a una sola. Las oficinas de representación desaparecerían, algunas se moverían a la región educativa, y el resto simplemente dejaría de existir. También empezaron a plantearse alquilar un Openspace directamente a Zonja si las nuevas condiciones de los Homesteads lo permitían. Lo más significativo era el cambio de mentalidad: ya no confiaban en Linden Lab y no querían depender de un único proveedor. Para ellos, Second Life había dejado de ser un entorno inspirador y se había convertido en un riesgo.
En el archipiélago de Condensation la situación tampoco era buena. Muchos de sus inquilinos no estaban dispuestos a asumir una subida de precios tan brusca; apenas usaban su terreno y aquello era la excusa perfecta para abandonarlo. Ludmilla, que había invertido tiempo, ilusión y dinero en su isla, estaba desesperada: no podía asumir un aumento del 66% y tendría que reducir su parcela o marcharse.
Zonja empezó a reorganizarlo todo. Planeaba comprar uno de los Openspace sobrantes de “C”, unirlo a Condensation North, South y SouthWest dentro de un sim completo y venderlo si aún existía mercado después del caos. Por el momento, solo mantendría Condensation Land y Condensation Beach, aunque incluso esta última podría desaparecer si Ludmilla no podía seguir pagando.
El impacto económico era enorme. Antes de la crisis, Linden Lab recibía 1.200 dólares mensuales de “C” y de Zonja combinados. Después de la reestructuración, esa cifra caería a 725 dólares, o incluso a 550 si “C1” se convertía en Homestead, o a 425 si Ludmilla abandonaba su isla. En el mejor de los casos, Linden Lab perdería 5.700 dólares al año solo por este pequeño grupo de usuarios. Si se sumaban las pérdidas de “C” y de Zonja, la cifra superaba los 24.000 dólares en un año. Y nueve islas se convertirían en tres, quizá dos.
Para Zonja, aquello fue un punto de inflexión. Empezó a investigar otros mundos virtuales y encargó un clúster privado de cuatro regiones en Openlife, con la intención de reconstruir allí todo el archipiélago de Condensation. Publicaría los avances en Flickr, como siempre hacía.
En su análisis, Second Life estaba dejando de ser un experimento social para convertirse en una plataforma corporativa. Y, como repetían los ejecutivos de “C”, para reuniones y clases no hacía falta un entorno realista, ni WindLight, ni muebles caros, ni avatares detallados. Para ese mercado aparecería tarde o temprano un mundo más ligero. El cliente de SL era excesivo, y SLim no resolvía nada.
Lo que daba riqueza a Second Life era la creatividad de sus residentes, la gente que construía, fotografiaba, grababa vídeos y llenaba el mundo de belleza. Si ellos se marchaban, SL quedaría vacío, y ni siquiera las empresas lo usarían: era demasiado pesado para sus necesidades.
Zonja lo resumía con claridad: ya no estaba cansada. Estaba furiosa.
Reacciones de la comunidad: voces en medio de la crisis
La entrada de Zonja sobre el fiasco de los Openspace no pasó desapercibida. En cuestión de horas comenzaron a llegar comentarios de amigos, residentes, creadores y administradores de grid que estaban viviendo situaciones muy similares. Para muchos, aquel texto puso palabras a un sentimiento compartido: la mezcla de indignación, tristeza y desorientación que había provocado la decisión de Linden Lab.
Ludmilla Writer, amiga cercana de Zonja y una de las personas más afectadas por la subida de precios, expresó con claridad el impacto emocional del momento. Hablaba de engaño, de abuso, de la sensación de haber construido un hogar que podía desaparecer de un día para otro. Para ella, la belleza de los lugares que habían creado juntas era inseparable del esfuerzo invertido, y la crisis amenazaba con romper ese vínculo. Aun así, terminaba con una nota de esperanza: si hacía falta, seguirían construyendo en otro sitio.
Otros residentes compartieron experiencias parecidas. Algunos ya habían abandonado Second Life, otros estaban en proceso de reducir sus islas, y muchos coincidían en que la política de Linden Lab estaba empujando a la comunidad creativa hacia alternativas más abiertas. La palabra “abuso” se repetía con frecuencia, junto con la sensación de que la empresa había perdido el contacto con la realidad de sus usuarios.
También hubo testimonios de quienes ya estaban experimentando con OpenSim. Per Pegler, por ejemplo, explicaba cómo su grupo había pasado de siete regiones en SL a una sola, y cómo el resto de su actividad se había trasladado a OpenSim, donde tenían más control, menos costes y una plataforma sorprendentemente estable para configuraciones pequeñas. Para él, la crisis había sido un empujón en la dirección correcta.
Zonja respondió a varios de estos comentarios con una mezcla de lucidez técnica y sinceridad emocional. Confirmaba que sus clientes corporativos estaban abandonando SL, que el archipiélago de Condensation se estaba reduciendo, y que ella misma había recreado todas sus islas en OpenSim con resultados excelentes. Destacaba herramientas como las OAR —capaces de guardar y restaurar regiones completas— y la posibilidad de hacer copias locales del mundo, algo impensable en SL.
Para muchos, aquella conversación marcó un antes y un después. La crisis no solo había sido económica: había sido un golpe a la confianza, a la ilusión y al sentido de comunidad. Pero también abrió una puerta a nuevas posibilidades. OpenSim se convirtió en un refugio, un laboratorio y, para algunos, un nuevo hogar.
La conclusión de Zonja era clara: la experiencia había sido amarga, pero también reveladora. Y, sobre todo, había demostrado que la creatividad y la voluntad de construir mundos no dependían de una sola plataforma.
La crisis de los Openspace no solo cambió el futuro de Condensation: cambió el futuro de Zonja.
Las imágenes, vídeos y documentos incluidos en esta página pertenecen al archivo histórico de Zonja Capalini y se presentan aquí con fines de preservación y documentación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario